Creatividad con más imaginación y menos ciencia.

Publicado en por Esteban Rama Ramírez Vildoso

 

Los Enemigos de la Imaginación

EinsteinPor Esteban Rama Ramírez

 

El poeta del futuro superará la deprimente idea del divorcio entre acción y sueño”. André Bretón

La modernidad llegó a tener tal confianza en la razón que se sintió autorizada para despreciar otras propiedades del espíritu. En sus célebres Meditaciones Metafísicas, por ejemplo, Descartes descalifica resueltamente a la imaginación. Luego de establecer sobre bases estrictamente racionales el fundamento de todo conocimiento verdadero, y la misma existencia de Dios, afirma que ya no necesita la imaginación. Reconoce la fuerza de imaginar como algo que efectivamente existe en él, pero la concibe como algo muy distinto del ejercicio de la razón: “Así conozco que necesito una particular contención del espíritu para imaginar, la que no hace falta para concebir; y esta particular contención del espíritu muestra evidentemente la diferencia que existe entre la imaginación y la intelección o concepción pura. (…) Observo, además, que esta fuerza de imaginar que existe en mí, en cuanto es diferente de la potencia de concebir, no es de ningún modo necesaria a mi naturaleza o a mi esencia, es decir, a la esencia de mi espíritu; pues, aunque no la tuviese, no hay duda que seguiría siendo el mismo que soy ahora, de donde parece que se puede concluir que aquella depende de una cosa que se distingue de mi espíritu”.

El implacable optimismo cartesiano, expresado sin reserva en su Discurso del Método, lo hizo decir que la razón es la cosa mejor repartida del mundo, naturalmente igual en todos los hombres, y presente toda entera en cada uno. A la vista de la increíble diversidad de los hombres y las sociedades, Descartes no vuelve atrás y más bien prepara el camino para su propuesta de un método absoluto: “La diversidad de nuestras opiniones no proviene de que algunos sean más razonables que los otros, sino sólo de que conducimos nuestros pensamientos por diversos caminos y no consideramos las mismas cosas. Pues no es suficiente tener buen espíritu, lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios lo mismo que de las mayores virtudes; y los que sólo avanzan lentamente pueden avanzar mucho más, si siguen siempre el camino recto, que los que corren y se alejan de él”.

La diversidad es un espejismo, no hay mérito en ella. La experiencia particular que lleva a cada hombre a situarse de un modo propio frente a los hechos no tiene sustento ni es inevitable. Descartes apuesta al “camino recto”, al método seguro que permite utilizar toda la razón, que conduce sin sombras al mismo destino. La razón, y sólo ella, es el apoyo legítimo de la interpretación de lo real: “Habiendo una sola verdad de cada cosa, cualquiera que la encuentre sabe acerca de ella todo lo que se puede saber”.

El cartesiano Nicolás Malebranche recoge las ideas de su maestro y las proyecta en su tratado La Búsqueda de la Verdad, en donde caracteriza a la imaginación, los sentidos y las pasiones como obstáculos que la razón está obligada a superar para poder alcanzar la verdad.

Por la misma época, comienzos del XVII, el filósofo inglés Francis Bacon está convencido de que el conocimiento es poder. Supone que se puede controlar la naturaleza, y hasta darle órdenes, mediante el descubrimiento de las leyes fundamentales que la gobiernan. En su libro Novum Organum propone un nuevo método para alcanzar un conocimiento seguro, científico, verdadero, apoyado en la observación y la inducción. Se muestra convencido que a partir de estas prácticas rigurosas se pueden superar los distintos obstáculos que hasta ese momento han frenado la búsqueda del conocimiento. En su entusiasmo, Bacon llega también a descalificar a la imaginación, diciendo que ésta difícilmente produce ciencia, de modo que “debe entenderse más bien como placer o juego de ingenio antes que como ciencia”.

El paso del tiempo no mejora las condiciones para la imaginación. El ilustrado Jean D’Alambert escribe en el Discurso Preliminar de la Encyclopédie: “Estas tres facultades forman por lo pronto las tres divisiones generales de nuestro sistema y los tres objetos generales de los conocimientos humanos: la Historia, que es cosa de la memoria; la Filosofía, que es fruto de la razón, y las Bellas Artes, que nacen de la imaginación. Si ponemos la razón antes de la imaginación, es porque este orden nos parece muy fundado y conforme al progreso natural de las operaciones del espíritu: la imaginación es una facultad creadora; el espíritu, antes de pensar en crear, comienza por razonar sobre lo que ve y lo que conoce. (…) En fin, si examinamos los progresos de la razón en sus operaciones sucesivas, nos convenceremos más aún de que aquélla debe preceder a la imaginación en el orden de nuestras facultades”.

Los resultados del espíritu humano quedan ordenados de manera esquemática, a partir de una distinción trivial en la cual a la imaginación le toca una parte menos destacada. Poco después, en el XIX, Auguste Comte todavía cree tener buenas razones para rebajar la imaginación. En momentos en que el progreso continuo seguido por la historia, según su particular interpretación, materializa el “régimen definitivo de la razón humana”, la imaginación queda sin remedio ubicada en una condición subordinada. Así lo expresa en el Discurso Sobre el Espíritu Positivo: “Cualquiera que sea el modo racional o experimental de llegar a su descubrimiento, su eficacia científica resulta exclusivamente de su conformidad, directa o indirecta, con los fenómenos observados. La pura imaginación pierde irrevocablemente su antigua supremacía mental y se subordina necesariamente a la observación, de manera adecuada para construir un estado lógico plenamente normal”.

La razón es superior, la imaginación carece de méritos: así queda establecido después de una larga tradición en que la racionalidad hace su despliegue hasta un punto en que ya no tiene contrapeso. Pero esto no casual, este proceso tiene una larga historia; una profunda desconfianza en la imaginación apareció tempranamente con Platón, y se encuentra expresada de modo muy visible en su proyecto de una República ideal, en donde los poetas están excluidos. Platón encarna un rechazo resuelto que alcanza a los antiguos poetas y también a los nuevos: tanto Homero como los poetas trágicos caen bajo la racionalidad excluyente del filósofo, quien considera negativo el hechizo provocado por los versos y la natural emoción que resulta de la expresión poética. Su energía crítica se dirige a rechazar las aplicaciones educativas de la poesía y deriva en un pronunciamiento favorable a la censura. Sus objeciones apuntan a destacar que los poetas presentan el mundo de los dioses de manera desformada, lo que se traduce en una influencia negativa para los jóvenes. No se trata de una cuestión estética, sino de carácter formativo. Se encuentran en La República, numerosos pasajes en los cuales se refleja su clara voluntad de desaprobación y censura: “Estos versos y otros similares, pediremos a Homero y a los demás poetas que no se encolericen si los tachamos, no porque fuesen no poéticos y agradables a los oídos de los demás, sino porque, cuando más calidad poética tengan, tanto menos pueden escucharlos los niños o los hombres. (…) Por estos motivos hay que poner término a mitos semejantes, para no producir en nuestros jóvenes una gran facilidad para el mal”.
 
Así, con estos antecedentes, el clímax de esta secuencia llegará inevitablemente y se produce cuando se asimila razón, ciencia y conocimiento. La ciencia se auto concibe como el grado más alto de conocimiento posible; como el conocimiento por excelencia, y como una actividad que progresa por acumulación, convencida de que puede lograr la objetividad a partir de observaciones neutrales, junto con un máximo de capacidad predictiva y de control.

Hoy, sin embargo, resulta evidente que una mirada tan dicotómica es inútil. Esa línea larga, de Platón al positivismo, que se esforzó por hacer de la imaginación una facultad sospechosa, no puede ocultar el hecho de que las ideas que han moldeado la cultura occidental no han surgido del método científico, sino de la inteligencia creadora. La ciencia es una empresa humana de inconmensurables proyecciones, por su amplio impacto para la sociedad, pero está muy lejos de ser una expresión en línea causal con la razón y la lógica. No puede ser completo un enfoque que enfatiza la importancia de la razón como una empresa autónoma, ajena a la imaginación, la fantasía o la divergencia.

Se hace necesario un enfoque desde la creatividad, y una estimulación de la imaginación. Un enfoque que se haga cargo del hecho de que las nuevas ideas, con frecuencia rechazadas, no son simplemente el resultado de procesos pautados. Es preciso, por ello, prestar atención a las formas del pensamiento divergente: a ese tipo de pensamiento capaz de romper estructuras, abrir recorridos no previstos, e incluso acercarse al absurdo. Razón e imaginación, lógica y fantasía, no son extremos excluyentes.

Alguna justificación tenía André Bretón, cuando entrado ya el siglo XX emprendió una apasionada defensa de la imaginación. En sus Manifiestos del Surrealismo podemos leer: “Tan solo la imaginación me permite saber lo que puede llegar a ser, y esto basta para mitigar un poco su terrible condena; y esto basta, también, para que me abandone a ella, sin miedo al engaño. (…) “No será en miedo a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera de la imaginación”.

 

 

                                                                                                                             R a m a  r  t

Etiquetado en El Ojo Fiero.

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:

Comentar este post