La imaginación al poder.

Publicado en por Esteban Rama Ramírez Vildoso



Por Esteban Rama Ramírez Vildoso

Mi amigo "Ramart"-jejem- dice que algunas personas no son buenas ni malas, sino incorregibles, como Borges afirmaba de los peronistas. Y así parece en estos tiempos. A fuer de irresponsables, muchas veces nuestras actitudes lo son también, además de incomprensibles y de difícil explicación.

Todos (?) sabemos que la riqueza de las naciones no consiste en la acumulación de oro y de plata. Los países que más crecen, o los que lo hacen más rápido, conocen el porqué: "… su riqueza proviene de su obsesiva apuesta a la educación y a la investigación, de promover la ciencia y la tecnología. Sin estas herramientas, los más apreciados recursos naturales valen menos que una artesanía defectuosa", como afirma Marcos Aguinis (Pobre patria mía, 2009).

Parece claro que un sistema educativo fiable (y eso no ocurre hoy entre nosotros) debe ser siempre el pilar fundamental de cualquier modelo económico/social que se base en la innovación, en la tecnología, en la ignorada investigación y en las arrumbadas y siempre necesarias ciencias del hombre.

Cuento esto porque me llegan noticias de que en muchas empresas y organizaciones/instituciones se están limitando los llamados gastos de formación, que nunca se han considerado inversión, vaya usted a saber el motivo.

La excusa es la crisis (siempre la crisis) y el razonamiento una falacia: el necesario ahorro de costes en áreas no esenciales. Tal cual. Y así les va, claro, a quienes actúan siguiendo esos dictados que -seguramente- tienen como fundamento esa frase que en internet se atribuye a Einstein: "En los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento". Es decir, apostemos por ideas felices que nos saquen del hoyo. Pero, en la tesitura actual, no podemos olvidar que el conocimiento es siempre fuente de sabiduría y que, por muy imaginativas que sean, no podemos aplicar soluciones locales para problemas producidos globalmente. Los problemas globales sólo pueden tener soluciones globales.

No seré yo, de ser ciertas, quien discuta las palabras del creador de la teoría de la relatividad, pero me da el pálpito de que en esa frase, frente a la cultura del esfuerzo, se ensalza la chispa creadora como la única fuente de solución para nuestros problemas. Y, las cosas como son, aunque de su talento -dice el refrán- ninguno hay descontento, no todo el mundo puede presumir de atesorarlo. Cuando nos conviene, olvidamos que cada uno tiene la porción de imaginación que tiene, llámese o no talento.

Hoy, las organizaciones y las empresas no necesitan adultos ferozmente competitivos capaces de abrazar el éxito a cualquier precio; lo que de verdad hace falta son personas que se acerquen al conocimiento a lo largo de toda su vida, sin olvidar que cada uno tiene el talento que tiene y que, aunque lo pretendamos, no todos servimos para hacer las mismas cosas.

Precisamos hombres y mujeres formados como personas, y eso es algo más que hacer bien el trabajo que cada uno debe desarrollar. La educación no puede convertirse en un privilegio y esa convicción debería abrigarnos durante toda nuestra existencia. "Vale más una cabeza bien hecha que bien llena", como escribió Montaigne.

Habría que olvidarse del facilismo, que fue capaz de arrebatarnos a todos, se hizo costumbre e invadió sin remedio los ámbitos de nuestra vida.

Con la cultura del trabajo y, sobre todo, de la decencia como bandera, deberíamos velar y poner las bases para que, por ejemplo, alguno de nuestros extraordinarios ejecutivos (o líderes de cualquier índole) no sean o no se conviertan en necios engolados, llenos de prejuicios y tics, a los que el éxito transformó en semidioses que todo lo saben, aunque nunca escuchan y sepan nada. Directivos que trabajen de verdad, que no confundan éxito con mérito, y gocen del sagrado derecho a equivocarse.

La vida es una empresa llena de rectificaciones y de aprendizajes interiores. De la equivocación, no del error contumaz, nace casi siempre la luz, y el arte de dirigir no es más que la destreza de hombres y mujeres a la hora de tomar decisiones y gestionar errores, aprendiendo de ellos y de sus consecuencias, y adquiriendo (y atesorando) experiencia, un complemento importante y necesario pero que, como la tolerancia, no se aprende en los libros: se tiene o no se tiene.

Y si a ese cóctel, donde primen la cultura del esfuerzo, del trabajo y de la decencia, le añadimos unas gotas de talento, el camino será más fácil porque aprenderemos también que la inspiración es, casi siempre, cosa de poetas:

"Ariosto me enseñó que en la dudosa/
Luna moran los sueños, lo invisible,/
El tiempo que se pierde, lo posible/ O lo imposible, que es la misma cosa".

Bendito Borges.

Juan José Almagro. Director general de comunicación y responsabilidad social de Mapfre.

                                                                                                   R a m a  r  t

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