Los Dueños de la Verdad.


                                                                  Los Dueños de la Verdad


Estudiar sociología no lleva a nadie a convertirse en un experto en asuntos de lógica o de argumentación, pero tengo un pequeño interés personal por esos temas.

En el curso de algunas conversaciones, he llegado a identificar uno de los argumentos que más me desagrada, que menos lógico me parece, pero frente al cual, obligado por las normas sociales, no se puede hacer mucho más que callar y cambiar de tema.

De manera muy imprecisa lo he denominado como reductio ad doxa: convertir toda conversación en un asunto de mera opinión individual, imposible de criticar sin que uno pase por intolerante con las posturas ajenas.

Funciona más o menos así. Frente a una conversación donde hay desacuerdo, el sujeto que se sirve del argumento reductio ad doxa responde de la siguiente manera:

    Bueno, pero yo no creo / opino / pienso eso.

Lo que equivale automáticamente a "bizantinizar" la conversación sobre el asunto que originó el desacuerdo, al punto que ya no se puede seguir hablando y más vale cambiar de tema a algo más frívolo, si es que a esa altura todavía es posible.

 

La falla del argumento consiste en que quien lo utiliza defiende su postura escudándose en una idea errada, para mí gusto, de la tolerancia: que una creencia u opinión individual merece ser considerada como valiosa y verdadera por el sólo hecho de ser una creencia individual, sólo por el hecho de ser emitida, y no por cómo se la fundamente.

Hay que hacer una distinción, más sociológica esta vez. Lo que en el campo de la política o de la academia podría resultar aceptable o deseable (el disenso argumentado, a partir del supuesto de que no es aceptable blindar idea alguna contra la crítica), es muy pocas veces aceptado en interacciones de otra índole.

 

En las interacciones cotidianas, en el mundo de la vida por ponerlo habermasianamente, la tolerancia frente al disenso argumentado es mucho menor que en otros ámbitos de la vida social. En efecto, ahí el desacuerdo puede resultar bastante agotador.

Alternativamente, alguien podría decir también "la mayoría no piensa como tú, por lo tanto resígnate". Pero creo que esa forma de argumentar ya fue descrita como falaz por alguien más.

Moraleja: si está tomándose un café o un trago con alguien, muéstrese feliz y manifieste su desacuerdo cautelosamente, midiendo cada paso como gato al acecho de su presa, a menos que esté completamente seguro de que su interlocutor encuentre estimulante conversar, de cuando en cuando, sobre algo que vaya más allá de lo anecdótico.


                                                                                                                      Esteban Andrés
                                                                                                                           R a m a r t